Texto de Edgar Alzate Díaz
Para Gloria Zuluaga
Osorio y Ligia Osorio Valencia (Q.E.P.D).
Puedo decir que mi primer
trabajo como antropólogo lo realicé en la ciudad de Turbo, Antioquia, como
contratista de la Presidencia de la República. Turbo era en aquel entonces un
pequeño puerto sobre el Golfo de Urabá en el que ya estaba la bonanza marimbera
en todo su apogeo y este puerto servía como embarcadero de la planta hacia los
Estados Unidos. En aquel entonces era un orgullo para los comerciantes de la
marihuana mostrarse como tipos importantes para los que la planta era hermosa y
que la trataban con cariño. Estando en un estadero en las playas de Turbo con
dos funcionarias de la Presidencia de las cuales después vuelvo a mencionar, se
nos acerca un señor elegante y con un porro en su mano invitándonos a degustar
el porro aquel haciéndonos énfasis en que era de la mejor calidad y que con
todo gusto nos regalaba el cigarrillo para nuestro deleite, nos comenta que
ellos la enviaban hasta Estados Unidos y que quería que saboreáramos ese
cigarro como muestra de la hospitalidad de la gente del puerto. Agradecidos de
tanta amabilidad recibimos el porro, pero dadas las precauciones de las funcionarias
bogotanas no pudimos conocer cuáles eran las propiedades de ese cigarrillo,
pero así se movía la vida social y económica en aquel entonces. Los gringos la
compraban directamente a los cultivadores o a los comerciantes, pero llegó un
momento cuando estos gringos compraron esta droga con dólares falsos lo que llevó
a la quiebra a más de un comerciante de Turbo. En medio de todo esto era una maravilla ver el
inmenso golfo con sus dos orillas, el mar verde que va y viene, las canoas y la
música tropical que con el viento expandía melodías nunca escuchadas. Turbo era un pueblo pequeño sin un acueducto
por lo que mantenía malos olores y una total carencia de agua potable y gran
dificultad para conseguir un hospedaje que tuviera algunas comodidades, pero como
todos esos lugares tenía cierto encanto para la vida de un muchacho recién salido
de la Universidad en su primer momento laboral. En estos oficios llegaron desde
la oficina de la Presidencia dos funcionarias una de las cuales era paisana mía.
Como estábamos en el mes de noviembre, un mes que en toda la costa Caribe es de
fiestas y jolgorio o sea que con nuestras dos funcionarias no nos quedó de otra
que acompañarlas a las respectivas casetas de las festividades. Mujeres
blancas, jóvenes y bonitas, no eran ajenas para la masculinidad del lugar, especialmente
para los nativos que vieron en ellas unas bellezas poco vistas por esos lares. Buscando
donde meternos a rumbear pasamos por una caseta en la que se encontraba un
grupo de hombres negros pintados la cara y los ojos con una pintura
fluorescente en esos años muy de la cultura afro de Urabá y se llevaron a una
de las funcionarias y la entraron al interior de la caseta. Como yo era la
persona masculina que debía velar por la seguridad de estas funcionarias, ingresé
a la caseta y observé el local pintado de colores fuertes fluorescentes
especialmente verdes , morados, rosa y naranja y las caras de hombres y mujeres
también pintadas de estos colores y con
las luces del lugar y la música de salsa y vallenato, para nuestra amiga no era
fácil entender en cual espacio se
encontraba y la llevé afuera de la caseta, pero ahora que traigo estos
recuerdos pienso que no volví a ver estos colores, ni las caras pintadas de los
personajes que esa noche vi en las fiestas de Turbo llena de colores como un
verdadero carnaval.
Como mi trabajo en Turbo
era en particular con los pescadores artesanales, la mayoría del tiempo estaba
en la oficina de la cooperativa de los pescadores conociendo de sus actividades
y necesidades. Me hice buen amigo de algunos pescadores, entre estos del
gerente de la cooperativa, un pescador paisa, que también hizo rápida amistad
conmigo y me enteré años después que fue asesinado por los paramilitares, tanta
gente perdida, gente buena y valiosa, hombres y mujeres inteligentes, con
deseos de hacer cosas, de vivir mejor, han sido destruidos por la locura de la
violencia. En estas charlas se quejaron los pescadores que los barcos pesqueros
de una compañía denominada Vikingos, muy conocida en esa época, sacaban y
arrasaban con los camarones y pescados arrastrando la pesca desde el fondo del
mar con sus potentes mallas y dejaban los residuos de peces y mariscos a los
pescadores artesanales. Me comentaron que no valían quejas, ni reclamos y no sabían
cómo hacer para salir de ese problema. Les dije que la única salida era que
ellos se tomaran el Golfo de Urabá y así fue, un día se atravesaron las canoas
de un extremo al otro del golfo de Urabá impidiendo que los pesqueros de
Vikingos trabajaran y durante tres días duramos en esta acción. Llegaron
periodistas de todo el país y por fin los pescadores tuvieron un espacio para ser
escuchados. De mi lo único fue que recibí una llamada desde Bogotá en la que me
avisaron que reclamara tiquetes y me hiciera presente en la Presidencia de la República
donde me notificaron que mi contrato estaba cancelado y que yo sabía las razones
del despido. Ahí terminó mi paso por Turbo, una ciudad a la que volví en ocasiones
por pocos días y adonde dejé algunas personas conocidas entre estos un Concejal
del municipio que estaba con el partido del Nuevo Liberalismo, un partido que
apenas comenzaba y a los que sus enemigos políticos tildaban de comunistas, en
uno de estos pasos transitorios por Turbo quise ir a saludar al Concejal, me dirigí
a su casa pero al llegar me di cuenta que
a mi amigo lo estaban velando pues lo habían asesinado el día anterior en medio
del conflicto que vivía Urabá en esos años. Nunca he logrado dilucidar si esa intención
por saludar a mi amigo no fue otra cosa que un llamado de él para despedirnos.
En Puerto Gaitán que es una pequeña ciudad llena de gente de todo el país, paisas, costeños, boyacenses, vallunos, en fin, todos detrás del petróleo. El petróleo cambió este pueblo que cuando llegué por primera vez éramos unas dos mil personas, algunas casas, un grill y la brisa de los llanos que era constante y disminuía ese calor intenso, pero con los años se convirtió en un pueblo petrolero contaminado y con más calor gracias a las chimeneas de las petroleras. Estuve varios años con los indios Sikuani en Gaitán. En una de mis salidas y como era costumbre viajamos con cuatro profesores indígenas Sikuani rumbo a sus respectivas sedes educativas. En este grupo íbamos en el pequeño campero de marca Samurái Chevrolet por los Llanos de Puerto Gaitán. Estos viajes tenían sus diferencias cuando era invierno o verano. Las tormentas y rayos del invierno golpean la sabana inmisericordemente y se forman pequeñas lagunas en mitad de la sabana que hacen desaparecer los caminos, los arroyos se crecen y cerca de la zona de la selva caen los rayos con más estruendo y lluvia. Tal vez por eso los indios tienen en el Rayo a uno de los seres espirituales más poderosos y temidos. En el verano la sabana se seca, el agua disminuye y es la época de pesca y recolección de huevos de tortuga. Pasamos muchas veces por los morichales, lugares en los que las palmas de moriche se regocijan y producen agua, habitados por micos, dantas, guíos, venados, que entre todos buscan agua y su alimento, el morichal es un lugar de sobrevivencia inclusive para los humanos. En estos viajes, un día atravesando el puente de un arroyo pude ver un cadáver ya hinchado que estaba recogido por los arbustos y ramas secas que lo detuvieron. Le comenté a mis acompañantes que debíamos parar y atender ese muerto, pero ellos que temen a los espíritus muertos y no enterrados, insistieron en que no paráramos. Así fue, regresé a los pocos días y allí estaba el muerto, tirado en medio del arroyo, de espalda. Llegué al pueblo y conversé con el cura Darío, un sacerdote joven, al cual le tenía confianza pues me había acompañado a algunos caseríos indígenas. Como era una época difícil en la se enfrentaban diversos grupos armados, no quería ir a avisar de este muerto. Pero tuve que ir a la oficina del inspector de policía, una pequeña oficina con papeles viejos en estantes, un calor fuerte, un asistente y no más. El inspector se comprometió a recoger el cadáver. Al final, resultó que ese señor tirado en el caño era parte de un grupo de ladrones de buses que sus compañeros asesinaron por el reparto de sus cuentas.
Me gusta de esa región
que cuando te metes adentro en los bordes de la sabana y la selva, y miras como
termina la sabana y comienza la selva Amazónica y has pasado en el viaje por muchos
morichales que tus miras uno tras otro en medio de la sabana y corre la brisa y
también los caseríos indígenas con personas amables, dicharacheros,
conversadores, sientes que este país desafortunadamente no se conoce. Las
noches repletas de estrellas en las que la vía láctea se muestra llena con su
gas estelar, las estrellas que nacen y mueren, las constelaciones con los
nombres indígenas que igual que los antiguos griegos pertenecen a los Dioses y
son protectoras y castigadoras también. En la sabana crece el árbol denominado Chaparro,
un árbol retorcido, con hojas ásperas y duras, con propiedades medicinales que
resiste las quemas en los pastos sabaneros y las intensas lluvias cuando llueve.
Las poblaciones indígenas con una rica simbología, con cuentos y leyendas para
todo, especies de peces de todas las clases y colores, aunque su fauna está muy
disminuida todavía se ve uno que otro venado corriendo, alguna danta, un oso
hormiguero, y los loros y guacamayos gritando mientras vuelan en grupos
inmensos rumbo a sus moradas. Sus creencias en los seres espirituales que todo
lo controlan, los maleficios que causan enfermedades y muertes, los rituales
para las niñas en los que un médico tradicional en un recorrido por todas las especies
de peces, aves y fauna, le indican a la niña y a la sociedad que estamos
inmersos en este gigantesco sistema que debemos cuidar y compartir.
Me gusta Colombia por esta variedad que ahora en mi vejez rememoro y recuerdo con esta memoria que despacio me va dejando, pero con la que anduve en esta vida.


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