En los pasillos del Colegio General Santander, la
educación no solo se impartía con tiza y tablero; se esculpía con el carácter.
Entre el estruendo de un puñetazo sobre el pupitre, el análisis botánico de una
broma estudiantil y el peso de un silencio pedagógico, tres maestros —Aguirre,
Guevara y Ocampo— dictaron las lecciones más importantes de nuestras vidas.
Esta es la crónica de una época donde la autoridad se ganaba con pasión,
inteligencia emocional y un respeto inquebrantable.
Profesor Luis Eduardo
Aguirre: El Trueno de la Historia
En el Colegio General Santander se alzaba la figura de Luis Eduardo
Aguirre, una verdadera torre de la enseñanza. No solo por su vasta erudición,
sino por su porte físico de «macancán». Su Biblia era Los grandes
conflictos sociales y económicos de nuestra historia, de Indalecio Liévano
Aguirre, libro que siempre reposaba en su mesita de noche.
Su estilo pedagógico era puro teatro: combinaba el discurso académico
con la actuación dramática. Aún resuena su voz de clarín en los claustros
cuando explicaba el Congreso Anfictiónico de Panamá. Recordamos cómo recreaba
la advertencia de Bolívar a Santander: «Por favor, no invite a los Estados
Unidos, pues es una nación que se perfila peligrosa para los pueblos sedientos
de libertad». Entonces, Aguirre, levantando el puño y descargándolo con un
estruendo sobre el pupitre, sentenciaba: «¡Vean, muchachos! El General
Santander, en vez de obedecer, lo primero que hace para traicionarlo es invitar
a los "gringos". Desde ahí se jodió todo y Colombia pasó a ser el
patio trasero de la Unión Americana».
Profesor Luis Carlos
Guevara: La Sabiduría de la Calma
Una tarde, intentamos jugarle una pilatuna al emérito profesor de
Biología, Luis Carlos Guevara, un digno sucesor de Darwin. Antes de que
ingresara al aula, cubrimos su escritorio con tal cantidad de yerba que
formamos un promontorio. Queríamos sacarlo de casillas, verlo estallar en
furia.
Para nuestro asombro, el profesor entró, observó el matorral y, con una
calma doctoral, empezó su clase: «Muchachos, qué bien; este material es
perfecto para repasar. Vean esta hoja acorazonada; esta raíz tuberosa; estos
frutos de leguminosa...». Uno a uno fue clasificando los elementos hasta
dejar el escritorio impecable. Al terminar, nos miró con una sonrisa sutil y le
dijo al cabecilla de la broma: «Usted, venga acá y lleve este material para
la basura». Nos dejó estupefactos; su pedagogía de la paz desarmó nuestra
travesura.
Profesor José Elías Ocampo:
La Lección del Respeto
Años después le conté esta historia a José Elías Ocampo, nuestro
profesor de inglés, conocido por todos como «Plutarco». El apodo era una ironía
del destino: sus padres querían ese nombre, pero el cura del pueblo se opuso
por no ser cristiano, bautizándolo José Elías. Sin embargo, para Sevilla, él
siempre fue Plutarco.
«No era para menos», me respondió. «Guevara fue el mejor
pedagogo porque entendía que el buen trato es la base de todo». Luego, me
compartió su propia táctica de enseñanza con el ejemplo:
Una vez, un alumno me seguía por la Calle Miranda gritando '¡Plutarco!' y escondiéndose. Yo lo identifiqué plenamente. Al día siguiente en clase, lo llamé a lección. El muchacho salió con un 'chorro de babas'. Así pasó varios días, sin dar pie con bola, hasta que el joven, sintiendo el rigor de mi silencio y de sus notas, me preguntó: —Profe, si estudio lo suficiente, ¿podré ganar la materia? —Pues claro que sí —le respondí con emoción. Él había entendido el mensaje: el respeto no se exige con gritos, se gana con esmero.



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