Por Alvaro Noreña Jiménez
Gracias
a vos Rulfo, porque me enseñaste:
«Cuanto más lejos va uno, más
sólo camina».
Me
armaré de un lápiz de grafito. Que es el bastón de las palabras. Esta oralidad
que carga mi memoria debe anclarse en la escritura. No necesariamente en un
libro porque un libro es el sarcófago de las palabras.
Doña
Eduviges, era la esposa de don Pedro Orozco o Pedro Güepí.Tengo memoria de doña
Eduviges, un personaje que yo conocí
cuando transitaba la infancia y los tiempos de 1960, en la «Hacienda
Güepí», en el sector de El Rin, vereda Chorreras, límites entre los
municipios de Sevilla y Bugalagrande en el departamento del Valle del Cauca. Tierras feraces y selváticas
que estructuraron las oleadas migratorias de gentes sin tierra, a partir del
fenómeno sociológico denominado colonización antioqueña. Éxodo que terminó
encontrando una tierra prometida en éste sur.
Acompañábamos
a nuestro padre en sus lides vaqueriles de administrador de la Hacienda
ganadera «La Guaira» que limitaba con Güepí. En noches sin luz eléctrica,
escuchamos las historias más fantásticas, en el corredor de la casa, de voces
roncas en peones negros, con la cercana presencia del búho y el vuelo de los murciélagos.
Ellos, eran analfabetas, ágrafas que
firmaban a ruego el pago de los jornales. Peones, de apellido Cisneros, Juan Murillo,
Quintana, contaban:
«El dueño de Güepí era un señor
llamado Pedro Orozco, que había puesto ese nombre a su hacienda, porque se había enrolado voluntario en las fuerza
armadas que constituyó Colombia, cuando era su Presidente Enrique Olaya Herrera
de ideología liberal, para defenderse de
las fuerzas armadas del Perú que era regido por Luis Miguel Sánchez Cerro y que
pretendían apoderarse de vastos territorios del Putumayo y Puerto Leticia en el
triángulo amazónico. Eran los tiempos de
1932. Decían ellos que Pedro Orozco había participado en los combates de Tarapacá, y Güepí».
En la
noche se escuchaban las negras palabras gruesas que seguían hablando de la vida de don Pedro Orozco o Pedro Güepí que
estaba signado por la violencia y la guerra y que en alguna medida nos
irradiaba a nosotros, porque en Colombia se desató la violencia bipartidista
entre los sectores políticos del liberalismo y el conservatismo, extremadamente
cruenta, que incluyó asesinatos, agresiones, boleteos, persecuciones, amenazas,
matanzas, violaciones, destrucción de la propiedad privada. Tiempos oscuros y
de confinamientos. Contaban ellos que el
conflicto se recrudeció con el magnicidio del líder liberal Jorge Eliecer
Gaitán ocurrido el 9 de abril de 1948. Una estúpida violencia fratricida
que causó entre doscientos y trescientos mil muertos.
Para
estos tiempos contó doña Eduviges a mi padre:
__ A Pedro
Güepí le había tocado asesinar a alguien. Que por ese asunto fue prontuariado, y
condenado a prisión. Pena que pagó en Sevilla.
Durante
la ausencia de Pedro Güepí, doña
Eduviges asumió las riendas de su hacienda. Para sentirse segura se rodeó de un
administrador de estilo mexicano, vaqueros, peones y una jauría de perros.
Jauría a la cual prefería alimentar con la leche del ordeño de las vacas de su
hato. Se armó de valentía y tomó del armeril de su esposo, un revolver 38 largo pavonado marca Smith Wesson, el cual disparaba con desparpajo y vaciaba su
tambor y carga haciendo tiros al aire a diestra y siniestra.
Fueron
pasando los días y las noches. Y contaron las voces roncas de la peonada:
_Eduviges tuvo un affaire o sea un romance clandestino. Producto de ello,
quedó en embarazo, gestando una niña que trajo a éste mundo asistida por una
partera y a la cual encomendó que la regalará, que ella sufragaba los gastos de
su manutención. Todo bajo una premisa: que el asunto debía mantenerse en
completo hermetismo y secreto.
Asunto
curioso, porque un secreto deja de ser secreto, hasta que sale de su boca.
Esas
voces roncas de la peonada también contaron el mito del rey Midas que todo lo
que tocaba se convertía en oro. Y dijeron que el rey Midas tenía orejas de
burro y el único que sabía de su situación era el peluquero. Que guardaba su
secreto bajo la premisa de la muerte. El peluquero cargado con ese secreto y
sin saber a quién contárselo para descansar. Eligió ir a la playa cerca al mar
y cavó un hueco en la arena. Y a soto voce dejó salir su secreto y tapó de
nuevo con arenas. En el tiempo, el secreto dicho y sembrado en la arena. Creció
y dio unas plantas de bambú que al azotarlos el viento decían a los cuatro
vientos: ¡El rey Midas tiene orejas de burro!
Todas
y todos en la vereda y en el pueblo de Sevilla sabían que esa niña era hija de
Eduviges Ángel.
Pasaron
los días, los meses y los años. Regresó de prisión, Pedro Güepí. Y todavía en
pleno fragor de la violencia, en una de esas noches de hacinamiento y
confinamiento en la hacienda La Guaira, llegó doña Eduviges sola, a altas horas
de la noche, en camisa de dormir, guiada por la luz de una vela, con el pelo
revuelto, en un mar de llanto, a pedir
auxilio, compañía y protección; pues venía de huida de la chusma y los
bandoleros.
Narró
que los enemigos de su esposo lo habían asesinado a martillazos.
Dios
perdona pero el pasado no.
Para
Eduviges, ya la vida no volvió ser la misma. Dejó el cuarto del matrimonio tal
como quedó, cuando ocurrió la muerte de Pedro Güepí. Clausuró con llave de por vida el cuarto nupcial en su hacienda. Entonces fue apareciendo la
pesada carga del abandono: las polillas, las arañas, las cucarachas, los
grillos, y alimañas de toda clase estaban en su salsa. Y un espeso polvo cubrió
los muebles, la cama. Hasta el día de hoy, que entra de nuevo la luz en él, han
transcurrido muchos años, y solo hay
capas de polvo, bichos y telarañas. Todo es polvo y olvido.
Y se
escuchó el crujir oxidado de las bisagras de una puerta y la voz lejana de
Richard Gwyn, un poeta del sur de Gales:
Desempolvar
El
polvo es verbal. Billones de partículas de dios sabe qué, que se depositan
sobre toda superficie, en cada rincón. Engendrando bichos que, debajo del
microscopio, se convierten en monstruos grotescos y aterradores. Polvo que se
acumula inadvertido e invisible hasta que llega el día en que se lo percibe, y
entonces, repentinamente, uno se escucha decir que nunca se había dado cuenta
de lo llena de polvo que estaba la casa. Polvo y telarañas. Telarañas no
perturbadas por meses o incluso años. Ya pasa de castaño a oscuro. Compras un
plumero, uno con mango telescópico. Lo abres y plumereas las paredes, debajo de
los estantes altos, en los más inaccesibles rincones del salón. Lugares donde
el plumero nunca sacó el polvo. Lugares en los que el polvo se apiló. Pasas el
dedo por la saliente y lo sacas cubierto de suciedad de 1976. Polvo punk. Ahora
es 2000. De lamer ese polvo, te preguntas, ¿te sabría al pasado? ¿El del polvo
medieval, el del polvo romano, el antiguo polvo del crepúsculo celta? Recógelo
y ofrécelo a la venta en vaso de colores. Polvo pagano, polvo de rinoceronte,
polvo de dinosaurio. Polvo del milenio. Polvo removido con cepillo por los
santos. Polvo
de Cristo. Polvo de Buda. El polvo de nuestros ancestros. Desempolvar: si no
fuera una metáfora del olvido podría ser un verbo feliz.
Gracias
a vos Rulfo.
A Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno (1917-1986)
Gracias
a vos Rulfo, leí a «Pedro Páramo» y «El Llano en Llamas». Gracias a vos Rulfo, supe de Luvina y de Comala. Gracias a vos Rulfo, escuché tres días tañer las
campanas cuando la mala noticia de Susana San Juan. Gracias a vos Rulfo, porque
me enseñaste, que cuanto más lejos va uno, más sólo camina.
Gracias
a vos Rulfo, que poetizaste el amor a
Clara Aparicio, porque desde que la conociste, hay un eco en cada rama que
repite su nombre, y tu nombre, en el silencio.
Álvaro Noreña Jiménez
E-mail
cierraojosandersen@gmail.com
v Sabaneta,
Antioquia, Abril de 2020. Época de confinamiento, cuarentena y pandemia del Coronavirus. COVID19
«»
Relacionado
con la anterior historia de Pedro Güepí o Pedro Orozco, es muy importando
salvar del olvido (año 2025), la siguiente nota escrita por el memorioso
narrador sevillano Javier Marulanda Gómez en su revista «Huellas del Pasado» No 10 Febrero de 2001. Titulada «El que inventó la avaricia»:
«Por definición,
avaricia es el apego desordenado a atesorar riquezas y cuentan quienes
conocieron o trataron a Pedro Orozco, que este personaje fue el que inventó la
avaricia, por lo menos en Sevilla.
El
hombre a quién también llamaban “Pedro Güepí”
era prestamista de oficio, además mal geniado, satírico y anticlerical. Fue un
hombre rico en anécdotas y cuentos que tuvieron como escenario una vieja casona
de su propiedad, que aún sigue ubicada veinte metros debajo de “Jugolandia”.
El
viejo arrendaba piezas en aquel lugar y fueron inquilinos entre otros Nelson Henao, Jerónimo Londoño (Morroco),
Abdul Azem (popularmente llamado Majito) y otros personajes que enriquecieron
la picaresca de aquellos años.
El Mono Marulo Javier Marulanda Gómez. Archivo Fotográfico de Fabio Vega Velásquez.
La
casona del viejo era funcional, porque además se arrendaban piezas para pasar
la noche y hasta allí llegaban personas de toda pelambre especialmente
borrachos, dispuestos a librar batallas con chinches y pulgas que en el
escenario abundaban.
Una
noche llegó hasta ese lugar Pedro Luis Ospina a quien cariñosamente apodaban “Pedro Trompas” o “Pedro Fuete” y en medio de su ebriedad tocó la puerta de manera violenta. Con los golpes, el
propietario se despertó, abrió la ventanita del segundo piso y aun somnoliento
preguntó:
¿Quién
es y qué quiere hasta hora?
-Soy Pedro Trompas y necesito una pieza pa
pasar la noche-contestó el borracho malhumorado.
Era
costumbre del dueño, descolgar una canasta amarrada a una piola donde iba la
llave para que el usuario abriera. En esa madrugada Pedro Orozco hizo aquel
ritual como era costumbre, pero la llave no estaba dentro de la canasta.
Cuando
Pedro Trompas no vio la llave, de
inmediato gritó:
-Don
Pedro, la llave no bajó.
De
manera tácita tácita el viejo le contestó:
-Es
que los veinte pesos de la pieza tampoco han subido. Aquí es, “plata en mano y culo en tierra”. Terminó
sentenciando el hombre.
Su ya
conocida fama de anticlerical aumentó cuando unas damas de la ciudad recaudaban
fondos para el embellecimiento de la Iglesia y una de ellas lo abordó y le
dijo:
-¿Don
Pedro, con cuánto nos va a colaborar para la iglesia?
El
hombre de inmediato respondió:
_Si es
pa tumbarla, diga cuánto necesita y si quiere que le pague la demolición
completa, con mucho gusto lo haré.
En
otra ocasión, el prestamista se estaba haciendo lustrar los zapatos de “Chucho”, embolador del café Real y con
el ánimo de aclarar una duda el lustrabotas preguntó al anciano:
-¿Don
Pedro, por qué será que cuando le estoy lustrado los zapatos a una vieja y la
miro de las rodillas pa arriba, de inmediato me exicto?
-Se “arrecha mijo”, y nos acaloramos todos,
porque el sexo tiene ojos y no vive tan dormido como se imagina.
Una de
las anécdotas más comentadas de Pedro Orozco, es aquella que tiene que ver con una
amenaza. Un día llegó hasta él, un sujeto para darle una razón enviada por uno
de los tipos más peligrosos de Sevilla por aquellos tiempos.
-Don
Pedro –dijo el tipo_ Que Marquitos le manda a decir que lo quiere mucho y que
le mande cinco mil pesos pa no tenerle que arrugar el cuerito.
Pedro
que quería mucho su plata, y contaba diariamente cada peso acumulado, le
contestó al sujeto:
-Dígale
a Marquitos, que yo también lo quiero mucho y que lo de la platica no se puede
y que si es por el cuero no se preocupe, que por cinco mil pesos Pedro Orozco
se hace reventar la bomba atómica en las “guevas”.
Pedro
Orozco o “Pedro Güepí”, murió asesinado en la casona de su propiedad y se supo
de su muerte, porque la sangre comenzó a caer del segundo piso, al primero, más
exactamente a la pieza donde compartían Nelson Henao y Morroco una pieza que
pagaban en compañía. Cuando llegó el día de la velación apareció doña Eduviges,
la esposa, y hacia ella se aproximaron aquellos que querían expresar sus
condolencias. En el escenario se encontraba Abdul Azem, el tal “Majito”, que debía seis meses de
arrendamiento y buscaba una fórmula salvadora para burlar la deuda.
Cuando
“Majito” urdió la mentira para
librarse de la deuda, se arrimó lloriqueando y con una aparente tristeza dijo a
la señora:
-Mi
lamentar mucho muerte de Pedro, gran hermano de mí, generoso el tipo, buena
gente: ayer no más quedé a paz y salvo con él, pagué seis meses atrasados que
tenía con el Pedru.
Dona
Eduviges agradeció aquellos gestos de dolor del “Majito” y éste se fue hasta un rincón de la funeraria a celebrar su
ingenio y la ingenuidad de la viuda, que se “comió” el cuento y así vivió seis meses de “gorra”; porque lo que ganaba con don Manuel Iza escasamente le
alcanzaba para sobrevivir.
El día
de su funeral Pedro Orozco iba casi solo, su caja de caudales quedó en la
tierra, su dinero no lo quiso acompañar y se guardó en otros bolsillos para
amargarle la vida a todos aquellos que lo quisieron poseer.
La
anterior nota «El que inventó la avaricia» escrita por el Mono “Marulo” Javier Marulanda Gómez. Un
juglar, una cajita de música como diría mi padre Pedro Antonio, un poeta, un
historiador, cuya vida en sus propias
palabras: fue un inventario de palabras, una historia de caminos, un catálogo
de experiencias, un maestro y discípulo, un libreto de vivencias. Autor de una pieza magistral de la literatura
infantil titulada Dalia y el
Coleccionista; y “El Viejo Toño Noreña”.
Javier
falleció en su Sevilla, de un corto circuito en el corazón un 9 de septiembre
de 2019. Aún en su ausencia nunca perderá la silla.
Relacionado
con la vida de don Pedro Orozco o Pedro Güepí, escribe don Humberto Botero
Jaramillo en su obra «Las
Tertulias del Enredo». Publicado en Santiago de Cali en 1995:
-Alguna
vez llegó Bernardo Gómez donde don Pedro Güepí, y sin ser santo de su
devoción le solicitó un préstamo con
garantía en una letra de cambio, a lo cual don Pedro, ni corto ni perezoso, le
contestó: “A usted yo no le presto negro
fundido, ni aunque me firme con todo el abecedario”.
Alvaro
Noreña Jiménez
Arqueólogo
de las palabras. Sabaneta, Antioquia, febrero 16 de 2026.

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