Texto de Nelson Ortiz Osorio
In memoriam de las víctimas del terremoto en Colombia y Venezuela
Un estruendo primigenio desgarró las entrañas de la montaña. No fue un simple temblor, sino un colapso ascendente que brotó en los estratos abisales de la tierra, como si una deidad iracunda, adormecida bajo la cordillera desde el origen de los tiempos, hubiera decidido al fin despertar para liberar, sin clemencia ni preámbulo, la furia que había atesorado durante milenios. La escarpada topografía se abrió —o quizá se fracturó, pues en aquel instante de ceguera telúrica nadie habría podido distinguir entre el parto y la herida— y lo que emergió de sus profundidades rodó por los despeñaderos y las avenidas del Eje Cafetero con la impetuosidad de una fuerza ajena a este mundo, extranjera incluso a la lógica de la materia. Un estrépito ancestral, más antiguo que la invención del lenguaje, más viejo que el primer nombre que el hombre dio al miedo: el rugido de la tierra negándose, de una vez y para siempre, a sostenernos un segundo más.
Su hálito
—si acaso una bestia tectónica posee aliento, y no solo la fría indiferencia de
la roca— devoró a aldeanos y citadinos por igual, sin distinguir entre el
campesino de manos curtidas y el oficinista de corbata recién anudada. Poco
importaba si se habitaba en la ribera humilde del río o en las alturas
vidriadas de un séptimo piso: el pánico desconoce jerarquías cuando el propio
suelo, el único territorio que jamás se cuestiona, decide traicionarte.
Muchos
emprendieron una huida desesperada hacia los árboles centenarios, aquellos
colosos vegetales que habían resistido un siglo de tempestades, tormentas y
sequías, bajo la vana ilusión —tan humana, tan entrañablemente ingenua— de que
la antigüedad protegería a la fragilidad, de que lo que ha sobrevivido tanto
tiempo sabe, de algún modo, cómo seguir sobreviviendo.
Otros se
arrojaron bajo techumbres que, instantes después, colapsaron sobre ellos, pues
ya no existía refugio posible en ningún rincón del mundo conocido, únicamente
el impulso ciego de la carne que implora salvación aun sabiéndose condenada.
Mientras tanto, densas columnas de polvo brillante y asfixiante escalaban hacia
el cielo en espirales que habrían hecho palidecer al mismísimo Dante en su
descenso por los círculos del infierno: un averno particular, desprovisto de
llamas, forjado únicamente por partículas en suspensión, por alaridos que se
enredaban unos con otros, y por una tierra renuente a toda quietud, como si
respirara con estertores de agonía.
El clamor
humano se fundió con el crujir de la roca en una sola materia sonora. No fue el
choque armónico de dos metales templándose en un crisol, sino una amalgama
semejante al bramido de un estadio enardecido en su hora más oscura: un único y
ensordecedor rugido donde apenas segundos antes latían miles de gargantas
individuales, cada una con su nombre, su historia, su porvenir interrumpido.
Pero allí no habitaba el gozo del reencuentro colectivo, sino su reverso
exacto.
Era una
polifonía del horror, ese sonido que no se percibe con los tímpanos sino con
las vísceras; con aquella región primitiva del cerebro que, eones atrás,
aprendió —a un costo evolutivo incalculable— que cierto tipo de fragor es el
ineludible heraldo de la muerte. Ese estampido habitará la memoria colectiva de
estas tierras hasta que el último testigo cierre los ojos para siempre, y aún
entonces continuará reverberando en los huesos de quienes lo hereden como
leyenda, como advertencia susurrada de abuela a nieto en las noches de vigilia.
La floresta,
el asfalto y el suelo también aullaron, cada uno en su propio registro de
dolor. El terreno, flagelado por energías ajenas a cualquier voluntad divina
—producto tan solo del roce lento e inclemente de las placas continentales, ese
matrimonio forzado de piedra contra piedra que se venía gestando desde antes de
que existiera un solo testigo humano— azotó a sus habitantes con ráfagas de
escombros convertidos en látigos empuñados por una mano cósmica y ciega. No
existía dirección en el castigo, ni asomo de piedad, ni patrón discernible en
la destrucción. Solo la física brutal de la piedra rompiendo otra piedra,
liberando siglos de tensión acumulada en el parpadeo fugaz de un segundo.
Las bestias
lo presintieron antes que nadie, como siempre ocurre, como si conservaran un
sentido que la civilización nos arrebató a cambio de espejos y ciudades. El
ganado se arrodilló —lejos de cualquier metáfora poética, en la más cruda
literalidad—: dobló las patas delanteras y hundió el hocico en el polvo,
exhalando mugidos impregnados de un terror atávico, ecos de tiempos remotos en
que los antiguos uros ya sabían, en su sangre, que ciertos temblores dictaban
el fin del orden natural conocido.
Las aves se
alzaron en parvadas caóticas, trazando contra la bóveda celeste frenéticos
jeroglíficos de angustia, una caligrafía urgente escrita en un idioma que la
humanidad jamás logró descifrar del todo, aunque lleva siglos intentándolo. El
propio cielo transmutó su color habitual: fulgores piroclásticos tiñeron la
atmósfera con esa luminiscencia espectral, entre violácea y bermeja, que
siempre —en todas las culturas, en todas las lenguas— ha anticipado el
apocalipsis.
Los canes
quedaron petrificados en las calles, mudos testigos de cuatro patas. No huyeron
ni buscaron el consuelo tibio de sus amos; se erigieron como estatuas de
espanto, con el rabo entre las patas y la mirada clavada en un vacío que solo
ellos parecían ver con nitidez, profiriendo aullidos que eran, en el fondo,
súplicas ancestrales dirigidas a ningún dios en particular. Parecían dialogar
con aquel horror latente bajo la corteza terrestre, un monstruo al que siempre
habían temido sin comprender jamás por qué, como si el miedo fuera una herencia
genética anterior a toda explicación racional.
Dos mujeres
—apenas dos entre miles, pero inmortales ya en la memoria de quien las observó,
condenadas a repetirse en cada evocación de aquel día— rasgaron sus vestiduras.
No lo hicieron con la delicadeza ceremonial de los ritos paganos que alguna vez
estudiaron en libros de historia, sino con la desesperación rotunda de quienes
presencian, en tiempo real y sin posibilidad de apelación, cómo el mundo se
agrieta bajo sus pies, dejándolas al borde mismo del abismo. Permanecieron
semidesnudas ante las fallas que se abrían como fauces hambrientas, ofrendando
su carne trémula y sus gritos desgarrados a las deidades telúricas que quizás
nunca existieron, o que quizás llevaban toda la vida esperando esa ofrenda. No
era, en rigor, un acto de fe organizada, sino la certeza instintiva de que, en
ese instante crítico y sin retorno, no existía otro vocabulario posible para la
súplica: solo el lenguaje primario del cuerpo expuesto, desnudo ante lo
inconmensurable, implorando una clemencia que la naturaleza, indiferente, no
estaba en condiciones de conceder.
El
firmamento y la corteza terrestre fueron testigos taciturnos de esta vorágine
de estruendo y caos, un estrujón violento que desafiaba toda razón, toda
ciencia, todo consuelo filosófico. El tiempo pareció disolverse en aquel
instante interminable; solo persistía la agonía suspendida en el intervalo
entre cada sacudida sísmica, un abismo de incertidumbre pura previo al colapso
total, un segundo que se estiraba como si quisiera durar una eternidad de
castigo.
Entonces,
como un coro espectral surgido de las entrañas mismas del desastre, las
campanas huérfanas de las catedrales —abandonadas de pronto por quienes las
hacían sonar— y los gemidos agónicos de las sirenas entonaron al unísono la
alarma final, tardía para tantos. En las alturas, indiferentes a la tragedia
que se desplegaba a sus pies, las estrellas destellaban con una intensidad
febril, testigos mudos e impasibles del desgarramiento continental que ocurría
muy por debajo de su luz milenaria. El suelo, incapaz ya de ofrecer sustento
firme a nadie, convirtió cada paso trémulo de los sobrevivientes en un eco
hueco sobre vacíos indescifrables, la banda sonora macabra de una tierra que,
literalmente, se canibalizaba a sí misma.
De súbito,
el rugido, tras escalar hasta su clímax apoteósico, se extinguió de tajo, como
una vela apagada por un soplo invisible. Un silencio balsámico, denso y
sepulcral, descendió entonces para arropar la desolación recién nacida. Cesaron
los crujidos de la piedra, el silbido de los vientos endemoniados que habían
acompañado el cataclismo, los tañidos fúnebres del metal retorcido y los
lamentos de la carne herida. En aquella quietud insondable, incluso la
respiración de los sobrevivientes quedó en suspenso, atrapada en una parálisis
de tintes casi sagrados, como si respirar fuera censurable.
Incluso los
espíritus más temerarios, los que se jactaban de no temerle a nada,
permanecieron petrificados, sumidos en un sombrío mutismo al presenciar el
desmoronamiento inexorable de su refugio, de su mundo entero reducido a
escombros en cuestión de segundos. Con los ojos dilatados por la impotencia más
pura, vieron cómo las bibliotecas, otrora santuarios silenciosos del saber
humano, se precipitaban en cascadas de papel y avalanchas de letras muertas,
sepultando bajo el polvo la memoria escrita de generaciones enteras en un solo
instante irreversible.
En la
vulnerada intimidad de las alcobas, esos territorios íntimos donde antes solo
entraban el sueño y el amor, los lechos matrimoniales fueron engullidos por repentinas
simas en la madera y la piedra, con la ferocidad de unas fauces insaciables que
no distinguían entre lo sagrado y lo cotidiano.
Las cocinas,
el corazón palpitante donde se cocinaba tanto el alimento como la memoria
familiar, se tornaron escenarios de una belleza destructiva y terrible: las
vajillas hereditarias —regalos de bodas, herencias de abuelas— estallaban en el
aire, dibujando efímeras constelaciones de porcelana.
El desastre
rasgó el velo de la milenaria quietud andina; cada nueva grieta que se abría
desnudaba, al mismo tiempo, la fragilidad esencial del ser humano y la soberbia
de esa precaria ingeniería que, sin previo aviso ni derecho a réplica, dejaba
desplomarse sus fastuosas edificaciones como si fueran castillos de naipes.
Bajo los pies temblorosos de quienes aún permanecían de pie, cada estertor
telúrico resonaba no como un fenómeno geológico explicable en los libros de
ciencia, sino como el latido agónico y desacompasado de un planeta que, en su
dolor inconmensurable, exhalaba un aliento de desolación ecocida, un suspiro
final dirigido a quienes durante siglos lo habían herido sin tregua.
La magna
carnicería concluyó, tal como había comenzado.
Ahora, sobre
el polvo todavía tibio de la ruina, inicia la ardua tarea de resurgir. Emerge
un ser humano distinto, forjado en el implacable crisol de la pérdida y, tal
vez —solo tal vez—, tocado por la redención del arrepentimiento. De las cenizas
residuales se erige una civilización inédita, un cosmos reinventado bajo dogmas
que desprecian lo divino y veneran, en cambio, lo tangible, lo medible, lo
controlable. Una nueva religión, poblada por deidades terrenales, sostenida no
ya en templos de piedra sino en algoritmos y arquitecturas cifradas, comienza a
tomar las riendas de la tierra devastada. Es el albor de una era ardiente,
gobernada con puño de hierro por los mismos arquitectos que, desde el altivo
pedestal del imperio, la ciencia y la soberbia erudición, orquestaron en las
sombras —acaso sin saberlo del todo, acaso sabiéndolo demasiado bien— la
génesis de esta magna tragedia.
Y la tierra,
ya en calma, espera paciente el día en que volverá a recordarnos que jamás
fuimos ni seremos sus dueños; aunque en un instante desaparezca para siempre la
hybris humana, según los antiguos griegos, sujetos cuya soberbia extrema
o desmesura se creyeron superiores, ignorando sus propios límites, desafiaron a
la naturaleza.


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