El terremoto del pasado 10 de agosto que destruyó parte del centro histórico de Sevilla, casas representativas de la arquitectura y
cultura cafetera, me ha llevado a reflexionar sobre mi identidad como
sevillano, entretejida de muchas historias, amigos, olores, sabores y elementos
típicos como esas casas hechas en guadua y finas maderas, de colores pasteles,
sobrios, que se construyeron alrededor del parque principal y su bella
iglesia estilo gótico,
con sus andenes
y calles anchas, por donde
solíamos pasear con nuestros amigos en nuestra infancia y adolescencia.
Gastón Bachelard en su “Poética del Espacio” nos recordaba que nuestra casa natal y los espacios que habitamos, constituyen nuestra “primera morada del mundo”.
La destrucción de este centro histórico produce tanto dolor y nostalgia como la pérdida de un amigo, se pierde toda una historia, una cultura, una memoria, un paisaje que nos acompañó en nuestra infancia y adolescencia, y más dolor aún, cuando se sabe que este patrimonio arquitectónico nunca fue protegido por la indolencia e ignorancia de los gobernantes de turno y nuestra propia indiferencia, lo que lo hace más vulnerable ante las embestidas de la naturaleza.
Cómo no recordar esas bellas casas, las más antiguas construidas en bahareque o madera en las primeras décadas de la fundación de Sevilla, a la usanza antioqueña de donde provenían la mayoría de sus moradores: grandes casas, altas, muchas de ellas de dos pisos con numerosos cuartos comunicados entre sí alrededor de un vestíbulo central, para albergar familias numerosas--un amigo decía que si querías saber cuan grande es una familia, contara el número de puertas de la casa -. Tenían techos con aleros en teja de barro; los marcos de sus puertas, ventanas y cielos rasos bellamente tallados y decorados; con pisos de madera que nuestras madres mantenían brillantes a punta de viruta y cera, para protegernos del frío de la época; casas que tenían nombre propio, como todavía la siguen llamando muchos paisanos, la casa de los Hoyos, de los Muñoz, de los Zapata, de los Alzate.
En los años 40 y 50 del siglo pasado, comenzaron a construirse en Sevilla, casas en concreto, en “material”, como decían nuestros padres, con fachadas de estilo propio de la época, más moderno llamado “Republicano”, cercano al “Art Deco” imperante en Estados Unidos y Europa, como la del doctor Zapata en la Calle Real. No obstante, conservaban muchos elementos de las construcciones más antiguas: el paramento, su altura, los techos en teja de barro y sus puertas y ventanas en madera pintadas con colores pasteles.
Toda esta gran riqueza arquitectónica y
decorativa, que se dio gracias a verdaderos maestros, artesanos de la guadua
y la madera como don Marcelo Villegas, fue uno de los elementos centrales tenidos en cuenta - junto con el cultivo más
representativo del municipio, el café - para que Sevilla fuese declarada por la
Organización de las Naciones Unidas para la Educación,
la Ciencia y la Cultura -UNESCO-, uno de los 51 municipios de Colombia y 9 del Valle del Cauca, que conforman el Paisaje Cultural Cafetero, en el año
2011.
Sevilla cuenta (o contaba) en su centro histórico con un inventario de más de 150 casas y edificaciones patrimoniales como la Biblioteca Pública Municipal, realizado hace más de 20 años, en el gobierno del alcalde Víctor Samuel Restrepo, para su declaratoria como “bienes de interés cultural de ámbito municipal” por el Consejo Municipal, como lo han hecho otros municipios del Paisaje Cultural Cafetero como Salamina, Marsella o Pijao, lo que nunca sucedió en Sevilla, por la falta de voluntad política e indolencia de nuestros concejales y gobernantes.
No obstante esta gran pérdida que sufrió nuestro municipio con el terremoto, no solo en su casco urbano, sino también en la parte rural, todavía sigue contando con un patrimonio arquitectónico y cultural que vale la pena conservar, no sólo para preservar nuestra memoria e identidad como municipio y cultura cafetera, sino también para mantener la denominación de “Paisaje Cultural Cafetero” que tanto beneficio nos puede traer en la promoción de un turismo selectivo, que valore y respete este valioso acervo patrimonial.
Se debe recordar que uno de los principales compromisos adquiridos por los municipios que hacen parte de la denominación Paisaje Cultural Cafetero, es precisamente la declaratoria de sus centros históricos y casas patrimoniales como “Bienes de Interés Cultural” y la implementación de un “Plan Especial de Manejo y Protección”, que debe ser incorporado en su ordenamiento territorial.
En esta etapa de reconstrucción y restauración de edificaciones gravemente afectados por el terremoto, la conservación y preservación de este importante patrimonio, debe ser uno de los principales criterios a tener en cuenta, incluso en la construcción de nuevas casas y edificaciones institucionales, como lo ha hecho el arquitecto César Valencia con el club los Alpes y la casa de enfrente, del antiguo café “Real Madrid”, en proceso de construcción, que conservan su tipología y fachada principal e incluso parte de su materialidad como puertas, ventanas. Otras casas que se levanten, aunque no repliquen exactamente la fachada, deberían integrar estilos y motivos alegóricos a la arquitectura cafetera como aleros, zócalos, balcones y chambranas, que armonicen con el entorno, como lo hizo el grupo cafetero en el edificio “Las Araucarias” en el parque Uribe.
Wilson Zapata V.
Cali, noviembre 2- 2026.


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