Texto de Guillermo Escobar
Baena.
La historia nos cuenta que, en Lisboa, capital de
Portugal, en 1755 se produjo un gran terremoto, gracias al cual se reconoce el
surgimiento de la sismología moderna y al urbanismo ilustrado. Tal desastre que
ocurrió un primero de noviembre (día de todos los santos), acompañado de un
devastador tsunami que dejó más de 90.000 muertos, obligó al primer ministro de
la época el Marqués de Pombal, a plantearse el dilema: ¿Y ahora qué? y a
formular la frase: “Enterrar los muertos y cuidar los vivos”, porque de lo que
se trataba prioritariamente era de evitar epidemias para salvar a los
sobrevivientes. Dicha situación, es un ejemplo también del dilema que se
plantea entre la fe y la razón.
Apenas han transcurrido escasos días de haberse
producido el terremoto del 10 de agosto, considerado por los sismólogos uno de
los más fuertes sentidos en Colombia y todavía se siguen escuchando diferentes
opiniones y registrando diversas percepciones sobre dicho fenómeno natural.
Algunas, fundamentadas en creencias religiosas que van desde una visión
apocalíptica hasta otras, de posturas esperanzadoras pero fundamentadas en la
fe, casi milagrosa. Otras, desde el misticismo que relacionan el fenómeno con
un supuesto castigo divino o, una predestinada decadencia de la humanidad que
la conduce hacia el final de los tiempos, como consecuencia de la maldad.
Tales interpretaciones, fundamentadas en la fe y que
corresponden a una cosmovisión
contraria a la racionalidad, contrastan con las de los científicos que
recurriendo al conocimiento
históricamente logrado por casi
cuatrocientos años desde que se produjo el gran terremoto en Portugal, y como
producto de la investigación desde las ciencias naturales, la geología, la
hidrología, la física, la química, entre otras, sirven de fundamento a la
explicación desde las leyes y los principios con los que se ilustra, basados en
la razón y no desde la fe, los determinantes de estos fenómenos naturales como
el reciente terremoto que generó desastres y dejó grandes daños.
Una opinión y a la vez interpretación muy singular que
escuché por estos días en una conferencia aquí en Sevilla, orientada por el Dr.
Ricardo Quiroga*, me llamó la atención al afirmar que: “Los desastres no
son naturales ya que somos los hombres, los que los generamos”, asumiendo una
postura crítica, racional en la relación que el hombre establece con la
naturaleza, pero, para el caso que nos ocupa, en esa relación, ese dilema que
aquí se plantea entre la fe y la razón.
Leyendo una de las principales encíclicas papales; “Fides
et ratio”, del 14 de septiembre de 1988, proferida por el Papa Juan
Pablo II, en ella se plantea como tesis principal que “la fe y la razón son
como dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación
de la verdad” (1)
Según lo planteado por Juan Pablo II en la citada
encíclica, hay una armonía necesaria entre estos dos conceptos ya que la fe y
la razón no se oponen, sino que se complementan para buscar un mismo fin que es
la verdad. Esto me hizo recordar la frase “La fe llega al cuerpo cuando la
razón llega a su límite”(2) que es una variación del axioma
filosófico y teológico “La fe comienza donde termina la razón” (3),
tema que abordó Pierre Theilard de Chardin,** sacerdote jesuita francés
y filósofo, conocido por integrar la teoría de la evolución con la fe
cristiana, y estudió el límite de la lógica planteando que la mente humana
busca explicaciones, patrones y certezas, sin embargo, ante situaciones
extremas, (como las del terremoto) los argumentos racionales se quedan cortos y
no logran ofrecer consuelo ni respuestas completas.
El trasfondo filosófico y teológico de este dilema y
tensión entre la fe y la razón, también la abordaron otros filósofos, entre
ellos Seren Kierkegard, filósofo existencialista quien afirmaba que “la fe
requiere un salto hacia lo absurdo” (4) ya que según El, creer en lo
que es lógicamente evidente no requiere de la fe sino del sentido racional
orientado por la lógica. También Santo Tomás de Aquino y San Agustin lo
abordaron, pero desde el otro lado de la fe y sostenían que la razón y la fe cooperan:
la razón prepara el camino, pero es la fe la que llega a lugares donde el
intelecto humano simplemente no tiene la capacidad de acceder debido a las
limitaciones naturales.
Aquí en este dilema concurre también la psicología para
explicar que cuando una persona llega al límite de la razón para resolver un
problema mediante el análisis, el cerebro experimenta altos niveles de estrés e
indefensión y al rendirse, activa un mecanismo arcaico que lo lleva a la
resignación y aceptación de explicaciones fundadas en el “destino” asociando la
fe mística a la realidad para dar tranquilidad y alivio al cuerpo.
Por su parte, el otro el gran filósofo Enmanuel Kant,
considerado como uno de los más influyentes de la historia de la filosofía,
limita el conocimiento científico de la razón para dejar espacio a una “fe
racional” basada en la moral. Cuando en su libro: “La crítica de la
razón pura”(5), aborda los límites del saber, Kant sostiene que nuestro
conocimiento sólo puede aplicarse a aquello que es objeto de experiencia
posible (el mundo de los fenómenos) y que las ideas de la metafísica
tradicional como el concepto de Dios, el alma, el espíritu, entre otros, no
pueden demostrarse mediante la teoría ni
la razón porque no se pueden percibir por los sentidos, de allí que recurrió a
la frase: “Tuve pues que suprimir el saber para dejar sitio a la fe”.(6)
También de allí se desprende que Kant no fundamenta ni
confunde la moral con la religión, sino que es en la razón práctica a través de
lo que La llama “El imperativo categórico” que nos debe llevar a obrar
por deber y por el respeto a la dignidad humana.
Para interpretar pues el fenómeno natural del
terremoto que nos impactó y de las graves afectaciones, resulta entonces relevante pensar que no se
trata de interpretarlo como parece ahora que es la tendencia en nuestro país y
a nivel local, desde una perspectiva mística asociada a la fe en los
“milagros”, sino más bien, desde una
percepción racional, científica y también con una perspectiva que desde la moral, comporta más bien una postura ética, que exige a la conciencia
ciudadana adoptar la responsabilidad social y ambiental para entender como bien
lo plantea el filósofo Enmanuel Kant,
que nuestros pensamientos y
actos, deberían estar orientados por una conciencia racional de lo
natural, del deber ser y estar
fundamentados en esa ética al servicio de la vida y del bien común.
Y es así, desde esta perspectiva racional, ética y
moral en que se entiende cómo una cosa es el fenómeno natural del terremoto y
otra, bien distinta, la visión y percepción que de él tengamos para orientar
nuestros actos, ya para la reconstrucción en la etapa del post-terremoto, asumiendo
con responsabilidad una nueva relación con la naturaleza, con el planeta y con
nosotros mismos como personas. Muchos de los efectos y daños causados por el
terremoto hubieran podido evitarse si se hubiese conocido y respetado los
límites, condiciones y determinantes ambientales que como la calidad del suelo,
el cuidado del agua, las fallas geológicas, los impactos de las acciones
antrópicas (como el fracking y otros ) sobre el planeta; el desconocimiento y
no aplicación de las normas técnicas de sismoresistencia, así como la mala
calidad de los materiales empleados en la construcción, nos hubiera ayudado a
evitar que tuviéramos que enterrar nuestros muertos, atender tantos heridos y
tener como ahora tantas personas damnificadas , sin viviendas y los daños
estructurales en servicios y en vías.
Muchas son entonces las reflexiones y discusiones que deben darse en torno a las lecciones que
nos quedan de la relación hombre-naturaleza y urbanismo, para aprender de ellas y aplicar la consigna
que de las grandes crisis también deben surgir las grandes oportunidades que
nos permitan mejorar la calidad de vida
y que la reconstrucción sirva para plantearnos nuevos horizontes que igual que
lo hicieron los portugueses ante el gran terremoto de 1775 que afectó a Lisboa su capital, les sirvió
para adoptar desde esa época un diseño
racionalista e innovador para el urbanismo que se caracterizó por el trazado
geométrico en cuadrícula, las calles
amplias que facilitan la evacuación y aireación; con edificios seguros mediante
una estructura tridimensional para absorber fuerzas sísmicas y pensando en las
necesidades de la economía en función del bienestar y el desarrollo humano,
aplicando que no es la el hombre al servicio de la economía sino, la economía
al servicio del hombre.
Sevilla,
octubre 24 de 2026
*Dr. Ricardo
Hugo Quiroga, ilustre profesional Sevillano, quien fuera coordinador del
programa de desastres de la NASA para las Américas.
(1) La fe
llega al cuerpo cuando la razón llega a su límite. Seren Kierkegaard (filósofo)
(2) La fe y la
razón, encíclica Fides et Ratio, Papa Juan Pablo II
(3) La fe
comienza donde termina la razón. S. Kierkegaard.
** Pierre
Theilard de Chardin. Libro El fenómeno humano.
(4) “la fe
requiere un salto hacia lo absurdo” S. Kierkegaard en su libro “O lo uno o lo
otro”
(5) Enmanuel
Kant. En el libro “Crítica de la razón pura”
(6) Enmanuel
Kant. Filósofo.


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