“Enterrar a los muertos y cuidar a los vivos”: dilema entre la fe y la razón.

25 de octubre de 20260 COMENTARIOS AQUÍ

Texto de Guillermo Escobar Baena.

La historia nos cuenta que, en Lisboa, capital de Portugal, en 1755 se produjo un gran terremoto, gracias al cual se reconoce el surgimiento de la sismología moderna y al urbanismo ilustrado. Tal desastre que ocurrió un primero de noviembre (día de todos los santos), acompañado de un devastador tsunami que dejó más de 90.000 muertos, obligó al primer ministro de la época el Marqués de Pombal, a plantearse el dilema: ¿Y ahora qué? y a formular la frase: “Enterrar los muertos y cuidar los vivos”, porque de lo que se trataba prioritariamente era de evitar epidemias para salvar a los sobrevivientes. Dicha situación, es un ejemplo también del dilema que se plantea entre la fe y la razón.

Apenas han transcurrido escasos días de haberse producido el terremoto del 10 de agosto, considerado por los sismólogos uno de los más fuertes sentidos en Colombia y todavía se siguen escuchando diferentes opiniones y registrando diversas percepciones sobre dicho fenómeno natural. Algunas, fundamentadas en creencias religiosas que van desde una visión apocalíptica hasta otras, de posturas esperanzadoras pero fundamentadas en la fe, casi milagrosa. Otras, desde el misticismo que relacionan el fenómeno con un supuesto castigo divino o, una predestinada decadencia de la humanidad que la conduce hacia el final de los tiempos, como consecuencia de la maldad.

Tales interpretaciones, fundamentadas en la fe y que corresponden a una cosmovisión   contraria a la racionalidad, contrastan con las de los científicos que recurriendo al conocimiento  históricamente  logrado por casi cuatrocientos años desde que se produjo el gran terremoto en Portugal, y como producto de la investigación desde las ciencias naturales, la geología, la hidrología, la física, la química, entre otras, sirven de fundamento a la explicación desde las leyes y los principios con los que se ilustra, basados en la razón y no desde la fe, los determinantes de estos fenómenos naturales como el reciente terremoto que generó desastres y dejó grandes daños.

Una opinión y a la vez interpretación muy singular que escuché por estos días en una conferencia aquí en Sevilla, orientada por el Dr. Ricardo Quiroga*, me llamó la atención al afirmar que: “Los desastres no son naturales ya que somos los hombres, los que los generamos”, asumiendo una postura crítica, racional en la relación que el hombre establece con la naturaleza, pero, para el caso que nos ocupa, en esa relación, ese dilema que aquí se plantea entre la fe y la razón.

Leyendo una de las principales encíclicas papales; “Fides et ratio”, del 14 de septiembre de 1988, proferida por el Papa Juan Pablo II, en ella se plantea como tesis principal que “la fe y la razón son como dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad” (1)

Según lo planteado por Juan Pablo II en la citada encíclica, hay una armonía necesaria entre estos dos conceptos ya que la fe y la razón no se oponen, sino que se complementan para buscar un mismo fin que es la verdad. Esto me hizo recordar la frase “La fe llega al cuerpo cuando la razón llega a su límite”(2) que es una variación del axioma filosófico y teológico “La fe comienza donde termina la razón” (3), tema que abordó Pierre Theilard de Chardin,** sacerdote jesuita francés y filósofo, conocido por integrar la teoría de la evolución con la fe cristiana, y estudió el límite de la lógica planteando que la mente humana busca explicaciones, patrones y certezas, sin embargo, ante situaciones extremas, (como las del terremoto) los argumentos racionales se quedan cortos y no logran ofrecer consuelo ni respuestas completas.

El trasfondo filosófico y teológico de este dilema y tensión entre la fe y la razón, también la abordaron otros filósofos, entre ellos Seren Kierkegard, filósofo existencialista quien afirmaba que “la fe requiere un salto hacia lo absurdo” (4) ya que según El, creer en lo que es lógicamente evidente no requiere de la fe sino del sentido racional orientado por la lógica. También Santo Tomás de Aquino y San Agustin lo abordaron, pero desde el otro lado de la fe y sostenían que la razón y la fe cooperan: la razón prepara el camino, pero es la fe la que llega a lugares donde el intelecto humano simplemente no tiene la capacidad de acceder debido a las limitaciones naturales.

Aquí en este dilema concurre también la psicología para explicar que cuando una persona llega al límite de la razón para resolver un problema mediante el análisis, el cerebro experimenta altos niveles de estrés e indefensión y al rendirse, activa un mecanismo arcaico que lo lleva a la resignación y aceptación de explicaciones fundadas en el “destino” asociando la fe mística a la realidad para dar tranquilidad y alivio al cuerpo.

Por su parte, el otro el gran filósofo Enmanuel Kant, considerado como uno de los más influyentes de la historia de la filosofía, limita el conocimiento científico de la razón para dejar espacio a una “fe racional” basada en la moral. Cuando en su libro: “La crítica de la razón pura”(5), aborda los límites del saber, Kant sostiene que nuestro conocimiento sólo puede aplicarse a aquello que es objeto de experiencia posible (el mundo de los fenómenos) y que las ideas de la metafísica tradicional como el concepto de Dios, el alma, el espíritu, entre otros, no pueden demostrarse mediante la  teoría ni la razón porque no se pueden percibir por los sentidos, de allí que recurrió a la frase: “Tuve pues que suprimir el saber para dejar sitio a la fe”.(6)

También de allí se desprende que Kant no fundamenta ni confunde la moral con la religión, sino que es en la razón práctica a través de lo que La llama “El imperativo categórico” que nos debe llevar a obrar por deber y por el respeto a la dignidad humana.

Para interpretar pues el fenómeno natural del terremoto que nos impactó y de las graves afectaciones,  resulta entonces relevante pensar que no se trata de interpretarlo como parece ahora que es la tendencia en nuestro país y a nivel local, desde una perspectiva mística asociada a la fe en los “milagros”,  sino más bien, desde una percepción racional, científica y también con una perspectiva que  desde la moral,   comporta más bien  una postura ética, que exige a la conciencia ciudadana adoptar la responsabilidad social y ambiental para entender como bien lo plantea el filósofo Enmanuel Kant,  que nuestros pensamientos y  actos, deberían  estar  orientados por una conciencia racional de lo natural, del deber ser y  estar fundamentados en esa ética al servicio de la vida y del bien común.

Y es así, desde esta perspectiva racional, ética y moral en que se entiende cómo una cosa es el fenómeno natural del terremoto y otra, bien distinta, la visión y percepción que de él tengamos para orientar nuestros actos, ya para la reconstrucción en la etapa del post-terremoto, asumiendo con responsabilidad una nueva relación con la naturaleza, con el planeta y con nosotros mismos como personas. Muchos de los efectos y daños causados por el terremoto hubieran podido evitarse si se hubiese conocido y respetado los límites, condiciones y determinantes ambientales que como la calidad del suelo, el cuidado del agua, las fallas geológicas, los impactos de las acciones antrópicas (como el fracking y otros ) sobre el planeta; el desconocimiento y no aplicación de las normas técnicas de sismoresistencia, así como la mala calidad de los materiales empleados en la construcción, nos hubiera ayudado a evitar que tuviéramos que enterrar nuestros muertos, atender tantos heridos y tener como ahora tantas personas damnificadas , sin viviendas y los daños estructurales en servicios y en vías.

Muchas son entonces las reflexiones y discusiones  que deben darse en torno a las lecciones que nos quedan de la relación hombre-naturaleza y urbanismo,  para aprender de ellas y aplicar la consigna que de las grandes crisis también deben surgir las grandes oportunidades que nos permitan  mejorar la calidad de vida y que la reconstrucción sirva para plantearnos nuevos horizontes que igual que lo hicieron los portugueses ante el gran terremoto de 1775  que afectó a Lisboa su capital, les sirvió para adoptar desde esa época  un diseño racionalista e innovador para el urbanismo que se caracterizó por el trazado geométrico en cuadrícula,  las calles amplias que facilitan la evacuación y aireación; con edificios seguros mediante una estructura tridimensional para absorber fuerzas sísmicas y pensando en las necesidades de la economía en función del bienestar y el desarrollo humano, aplicando que no es la el hombre al servicio de la economía sino, la economía al servicio del hombre.

Sevilla, octubre 24 de 2026

*Dr. Ricardo Hugo Quiroga, ilustre profesional Sevillano, quien fuera coordinador del programa de desastres de la NASA para las Américas.

(1) La fe llega al cuerpo cuando la razón llega a su límite. Seren Kierkegaard (filósofo)

(2) La fe y la razón, encíclica Fides et Ratio, Papa Juan Pablo II

(3) La fe comienza donde termina la razón. S. Kierkegaard.

** Pierre Theilard de Chardin. Libro El fenómeno humano.

(4) “la fe requiere un salto hacia lo absurdo” S. Kierkegaard en su libro “O lo uno o lo otro”

(5) Enmanuel Kant. En el libro “Crítica de la razón pura”

(6) Enmanuel Kant. Filósofo.

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