Texto de Edgar Alzate Díaz.
“Desciende de un cielo
rasgado de marzo y se sumerge en la ciega mañana atlántica un perrito rojo que
brinca por la playa kilómetros abajo como una sombra liberada”
Anne Carson
En los días de lluvias y
tormentas cuando se recorren los límites de las sábanas del Meta y Vichada en
la Orinoquía y la selva Amazónica o montaña
como le dicen los indígenas que habitan esta región, ves cómo se separan
estas dos grandes regiones marcada por una línea de monte y los pastos de la
sabana, con sus árboles de “Chaparro manteco”, arboles de corteza dura,
retorcidos que han aguantado incendios, sequías, inviernos, muy semejantes a la
vida misma y los árboles de yopo, que viven en los bordes de los bosques, árbol
sagrado, usado por los Chamanes para ingresar al espacio de los seres
espirituales, para sanar o para causar daño. Los morichales que como pinturas
adornan las sábanas en las que encuentras peces, guíos, agua, mucha agua y las
palmas de moriche que cuidan y protegen a los indios en sus viviendas.
En las tormentas cuando caen los
luminosos rayos y la lluvia golpea con fuerza es el espíritu del rayo el que
domina. El Dios Rayo el desterrado a los confines del espacio, adonde los
Espíritus lo llevaron por sus malas actuaciones, sigue lanzando sus terribles
flechas que, en el borde del monte, en medio de las sábanas inundadas suenan y
golpean más fuerte y el ser humano se hace insignificante ante el poderío de
este gran espíritu. Así es la vida en estas periferias en las que son los seres
invisibles y poderosos los que dominan.
Una noche que apenas comenzaba,
la oscuridad tenue marcaba las siete y estaba en compañía de varios Sikuani
después de una reunión con los mercaderes del oxígeno-carbono, empezaban las
cervezas a pasar de manos a manos. Como no puedo tomar licor los indios
aprovechando que salía una camioneta con algunos funcionarios de la empresa de
carbono me dijeron que mejor me fuera porque se demoraban tomando. Así lo hice
y al momento de salir y montar en el carro se subió en el asiento trasero una
mujer a la que se le veía un cabello largo que le caía en ambos lados de la
cara, pero su cara no estaba bien definida, un poco su nariz se dibujaba, pero
no los ojos ni la boca era como una cara de maniquí, era una pincelada pues no
se observaba bien. Yo miraba para atrás pues no la había visto con el grupo de
funcionarios del carbono, pero pensé que pertenecía a ese grupo. La miré como
tres veces y siempre estaba con su cabeza agachada y un vestido largo que más
parecía una bruma, una cortina transparente que movía el viento. Cuando
llegamos a la casa de hospedaje nos bajamos todos del vehículo y ella también
se bajó, igual su figura estaba envuelta en un vestido gris que le caía hasta
el suelo, y sus largos cabellos separados en su cabeza mostraban una cara sin
facciones, me senté en una mesa y preguntaron que cuantos éramos los
comensales, dije que siete, pero me corrigieron los funcionarios diciendo que
éramos seis solamente. Nadie vio a la mujer que desapareció.
A los meses nuevamente apareció
en la madrugada acompañándola esta vez los perros del resguardo indígena que
ladraban y se escucharon notas de flauta que daba cuatro compases acercándose a
donde estábamos alojados. Desaparecieron las notas de la flauta, los perros
dejaron de ladrar. Una colega dijo “me asusté cuando oí esa flauta”, supe
entonces que la mujer había regresado. Un jornalero le comentó a su señora que
los compañeros de trabajo hablaban que ella los llama, “vengan, vengan” desde
algún montículo de la sabana. Es una mujer joven que murió dejando cuatro
hijos, dos muy pequeños y tal vez esto es lo que hace que ella regrese ante su
inesperada partida sin haberse despedido de sus hijitos.
Son cosas, eventos que ocurren
todavía en esas regiones en las que los espíritus demoran para partir a los
confines y a las lagunas celestiales donde moran los muertos en los dominios
del Dios Rayo.



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