Texto de Germán Peña Córdoba.
Crecimos escuchando
aforismos espetados en la cara por la sabiduría popular de
nuestros abuelos. Los aforismos nos guiaban e iban tallando los principios
dentro del proceso formativo de la nueva vida, que apenas comenzaba. De los
valores y su construcción se encargaba la escuela y el colegio y los principios
se adquirían en el hogar. La dinámica de la vida, junto al correr de los
tiempos, van corrigiendo posturas y percepciones, tanto así, que lo
tradicionalmente aceptado se desplaza y avanza lentamente hasta ir sembrando un
nuevo sentido, una nueva interpretación.
¿Podemos conformarnos y aceptar
como un dogma de fe que todo lo que empieza mal termina mal? O también aceptar
lo que llaman La Ley de Murphy que dice: ¿todo lo que va mal tiene tendencia a
empeorar? Me niego aceptar este destino que parte de lo definitivo, lo
irremediable e inmodificable.
La experiencia no se improvisa,
pero con el tiempo se desactualiza, más, sin embargo, la esencia, igual que las
convicciones permanecen incólumes. Las circunstancias cambian, pero la
verdadera inteligencia está en la capacidad de adaptabilidad cuando las circunstancias
son otras, de tal manera, que lo que comienza mal, puede tener una segunda
oportunidad para corregir y expresar lo más difícil para un ser humano: ¡me
equivoque!
Las cosas que empiezan mal, no
necesariamente tienen porque terminar mal, como indefectiblemente lo predestina
el viejo aforismo. Todo proceso tiene que recorrer un camino que puede ser
sometido al ensayo-error y en el recorrido ir realizando ajustes, ir desechando
decisiones mal tomadas, se aprende a escuchar, al contrario, el dialogo entre
improbables es posible, se reconocen errores y al final, lo que empezó mal
puede terminar con un resultado satisfactorio y de contera contradecir el atávico
aforismo, que avizoraba un mal resultado ¡Todo lo que va mal, es susceptible a
mejorar!
¿Y lo anterior para qué?
Si extrapolamos lo anterior a lo
que vivimos en este momento en Colombia, el gobierno recién instalado comenzó
mal; no vemos disposición de corregir el camino, y así evitar que todo termine en
desastre. Desvirtuar lo que manda el aforismo debería ser prioridad. Existen
prejuicios ideológicos extremadamente arraigados en el "nuevo"
gobierno que hacen de sus posturas una rigidez absurda e inmodificable. Lo anterior
hace, que nada garantice que termine su periodo de 4 años, pues la represa que
contiene un gran acumulado de descontento, puede desbordarse y traducirse en
una enorme bomba de inconformidad social. que haría de Colombia un país
ingobernable. Personalmente Intuyo que la ruta hoy tomada es equivocada: llena
de inexperiencia y un sometimiento que pone en peligro nuestra soberanía. Nos
dirigimos a la nada y, nada nos detiene.
Siempre se ha escuchado que
"hay que construir sobre lo construido", pero en la práctica
la disonancia cognitiva que subyace en la política colombiana emerge a la
superficie y se practica todo lo contrario. Es entendible, que el gobierno que
entra, independiente de su legitimidad, tiene definido un programa de derecha
extrema; pero parece, que la premisa (construir sobre lo construido) solo se da
cuando hay un continuismo ideológico, entre el gobierno que termina y el que
comienza. Cuando no es así, se practica todo lo diametralmente opuesto: tierra arrasada y, contrario a lo pregonado
lo que se hace es destruir lo construido, que ha tomado años hacerlo.
Se gobierna con la cabeza
caliente movidos por venganzas desde el estado, se gobierna sin la suficiente
serenidad para despojarse de los prejuicios ideológicos. De allí nace no
realizar un sereno empalme. Si el gobierno anterior, realizó obras benéficas,
que favorecen al pueblo, entonces quien entre a gobernar, debería imprimirle
continuidad y más aún, cuando lo realizado tiene acogida en vastos sectores de
la población. No se construye sobre lo construido, si no, que se arroja todo al
cesto de basura, sin importar lo bueno que se pueda rescatar.
Lo vemos en los procesos de paz
qué avanzaron en las regiones y como resultado disminuyeron la tasa de
homicidios, el silenciamiento de las 20 emisoras de paz que son fruto de los
acuerdos de paz del 2016, la salud preventiva, la educación publica y su aumento
de cobertura, su apoyo brindado con la matricula cero, el turismo que avanzó y
hoy disminuye, las reformas sociales como la reforma laboral y pensional que
hoy son objeto de una persecución implacable y el propósito es sepultarlas,
como también se quiere sepultar La JEP. En fin, se comienza mal, se sigue mal y
se destruye lo pacientemente construido.
Germán Peña Córdoba
Arquitecto-UNIVALLE


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