Alberto amos Garbiras, el sevillano universal.

14 de junio de 20260 COMENTARIOS AQUÍ

Texto de Pedro Luis Barco Díaz, Caronte.

Cada vez que evoco al sevillano Alberto Ramos Garbiras, de inmediato lo asocio de inmediato con el laureado director de cine Lisandro Duque Naranjo. Tal vez porque los conocí a ambos, en la capital cafetera, el mismo día de 1972, apenas un año después de haber terminado mi bachillerato en el colegio Bolivariano de la vecina Caicedonia.

Fue en una tertulia dirigida por Lisandro, quien aún vivía en Sevilla, aunque ya escribía en El Espectador y se había ganado el prestigio de un intelectual de pluma brillante. Su voz llenaba la sala con reflexiones sobre cine y literatura, mientras los jóvenes lo escuchábamos con reverencia, como si su edad fuera mayor de la que tenía. Alberto era, sin duda, su discípulo más aventajado.

Alberto, por su parte, tenía apenas veintiún años.  Estudiaba derecho en La USACA, y también escribía sobre cine. Sus textos circulaban en hojas sueltas, programas de cineclub y periódicos estudiantiles. Eran reseñas dirigidas a un público reducido, pero en ellas se adivinaba ya su estilo: una mirada crítica que interpretaba las películas como metáforas de la realidad colombiana, un lenguaje incisivo que mezclaba pasión, rigor e ironía.

Nunca nos perdimos de vista. Al salir de la universidad, coincidimos en la Contraloría Departamental. Nos unía el origen: norte del Valle, rabiosamente caicedonitas y sevillanos, reputados como “paisas come fríjoles” poco aptos para la salsa.

Con el tiempo seguí de cerca sus logros: ocupó cargos clave en la defensa del medio ambiente y los derechos humanos, desde la Personería de Cali hasta la Procuraduría Ambiental y la dirección del DAGMA. Su trayectoria pública fue tan amplia como su pasión por el cine y la escritura.

 Pero más allá de los cargos, Alberto fue volcánico en sus aficiones: abogado constitucionalista, defensor del medio ambiente y de los derechos humanos, crítico de cine, historiador, apasionado del derecho internacional, escritor prolífico con más de dieciséis libros publicados y maestro en la Universidad Libre, Santiago de Cali, San Buenaventura y Universidad del Valle.

Conmigo y con mi amigo, el magíster ambiental Gustavo Eduardo Moreno, fue siempre generoso. Cada que necesitamos de su consejo, estuvo presto. En especial cuando escribimos el libro La COP de Cali: una Pugna entre la Biodiversidad y el Neocolonialismo, nos ayudó a precisar la interpretación normativa y a darle mayor rigor a nuestras ideas.

La imagen que guardo de él se enlaza con una noche inolvidable de 1983: la casa de María Teresa, hermana de Lisandro, estaba llena de risas y vasos tintineando. Alberto me había invitado. Veníamos de la premier de El Escarabajo, todavía con la emoción de las imágenes frescas. Alberto, con su verbo afilado, comentaba las parábolas políticas escondidas en la película, mientras Lisandro escuchaba con esa mezcla de timidez y orgullo que lo caracteriza.

De repente, el teléfono sonó. María Teresa contestó y su rostro palideció:

—Lisandro, te llama un señor que dice llamarse Gabriel García Márquez.

El silencio fue inmediato. Lisandro corrió hacia el aparato y todos lo seguimos, incrédulos. Entonces, estiramos el cuello y aguzamos el oído para escuchar la voz cálida y firme de Gabo:

—Lisandro, acabo de ver en una sesión privada tu película y te propongo que hagamos unas películas juntos.

Lisandro, pasmado, apenas atinó a responder:

—Maestro… es que yo solo hago películas basadas en guiones de mi propia autoría.

La respuesta de Gabo fue como para enmarcarla:

—Entonces escribámoslas entre los dos.

En ese instante, la sala se llenó de un aire distinto, como si el tiempo se hubiera suspendido. Alberto, con su sonrisa luminosa, exclamó:

 —Estamos presenciando un pacto entre dos mundos: la literatura que reinventó la realidad y el cine que la convirtió en imagen.

DE aquel pacto nacieron dos películas emblemáticas del cine nacional: Milagro en Roma y Los Niños Invisibles.

Así recuerdo a Alberto Ramos Garbiras, fallecido el pasado 6 de junio de 2026 en Cali: sevillano universal, como lo definió Lizardo Carvajal. Maestro y amigo, cuya voz aún resuena como aquella noche en que un Nobel y un cineasta se encontraron bajo su mirada crítica.

 

Texto de Ernesto Diaz Ruiz

Muy buen artículo Pedro Luis. ¡Gracias!

Merecido homenaje que sintetiza varios folios del análisis necesario de la obra y vida de Alberto.

También fue mi amigo y también lo fue por el cine.

Lo conocí en el Festival de Cine de Cartagena de 1993, a la salida del teatro Cartagena, en Getsemaní (hoy bellamente restaurado), luego de un charla o foro donde él participó como panelista.

Me regaló 2 libros, uno sobre cine que perdí y otro que aún conservo y que fue el origen de nuestra amistad que, a la partida de su autor, completó 33 años. Se trataba de "Populismo radial en Cali" una radiografía, a 4 manos —con la coautoría de Héctor Alonso Moreno, otro erudito, catedrático y escritor reconocido— sobre el fenómeno de 3 locutores de radio, que habían llegado a altas esferas del poder local, político y económico, desde los micrófonos. De 2 de ellos fui amigo. Ellos no fueron los primeros ni los únicos, escritores, poetas y periodistas ya habían llegado al poder, incluso a la presidencia. (Con tu permiso, pongo la carátula de libro en esta publicación.

Ese libro captó mi atención y quise saber más del tema. Lo maravilloso es que, a Alberto, a quien le había cautivado mi capacidad creativa (en esa época yo era realizador de cine publicitario de animación, con varios éxitos), también quiso saber más sobre eso.

En 2016, al reencontrarnos a mi regreso a vivir a Cali, le propuse que actualizara ese texto con lo que estaba sucediendo en las redes sociales, porque es similar a lo que había pasado en la radio: personajes desconocidos saltaban a la palestra, con discusiones, puntos de vista e intervenciones sobre diversos temas, entre ellos la política, la mayoría de ellos sin mucho fundamento ni “juicio”, pero con una capacidad de capturar la atención que superaba la de muchos caudillos.

A Alberto le pareció interesante el tema y quedó de investigar. Yo desempolvé su libro y lo volví a leer, para recordar su estructura y contenido. Durante los años siguientes, en múltiples encuentros, hablamos del tema, pero no avanzamos en la propuesta.

La historia le dio mucho sentido a mi propuesta: influencers, youtubers, bloggers y una pléyade de repentinos eruditos y movilizadores, estaban llegando a la riqueza económica, la popularidad y, varios, al congreso de la república. Volvimos a hablar del tema. Volvimos a planear acciones y volvimos a dejarlas en puntos suspensivos.

Hace un par de años, al iniciar el proceso de tu libro y de Gustavo sobre la COP16, al que me invitaste a participar en la diagramación, edición y publicación, honor que valoro y agradezco; en una conversación con Alberto y mi amigo-hermano Pascual Guerrero, en el Centro Comercial Centenario, Alberto me propuso que yo investigara a fondo el tema y empezara a escribir algo, que él revisaría y adecuaría, es decir, que hiciéramos ese escrito a 4 manos… ¡quedé estupefacto! Semejante propuesta trascendía mi más irreal sueño.

Sin embargo, lejos de auparme, me amedrentó… cómo yo, un simple mortal con ínfulas de intelectual, va a poder ser “socio” de semejante erudito y literato. Con temor y mucho respeto, empecé el proceso que las circunstancias de la vida ralentizaron. Tal vez temor y respeto no me permitieron ser muy diligente y nunca le mostré a Alberto lo que estaba logrando… lo pospuse demasiado y el inexorable destino, que todos compartimos, ganó la partida y se lo llevó antes de conseguir el resultado. Si de algo me voy a arrepentir en la vida es de esto.

El pasado domingo 7 de junio en su velatorio —al que asistí con Pascual, de quien Alberto también era gran amigo—, le prometí ante su cuerpo inerte que voy a escribir el libro con su nombre como “coautor intelectual”. Se va a titular: “Populismo mediático en Colombia”. Espero ser digno del reto.

Se me fue muy largo este reconocimiento… abrazo Pedro Luis, nos veremos, como siempre, tertuliando.

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