Texto
de Lisandro Duque Naranjo
No
sería la primera vez que un candidato puntero en las encuestas -que es el caso
de Iván Cepeda- se rehúse a ir a debates con la segunda y tercer lugar en las
mismas, Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella. Incluso en el pasado, los
candidatos de más alta favorabilidad se negaban a la TV cuando apenas había dos
canales. Y eso que por entonces se justificaban más los argumentos de que “la
democracia y la opinión exigen verlos juntos”. Ahora, en cambio, hay canales
alternativos en cantidad y el público los ha escuchado de sobra y sabe quién es
quién. A menos que se quiera satisfacer a Caracol y RCN, que parece que aún
existen. Qué pena con ellos, pero esta vez no contarán con esa gabela.
Una
lástima que no exista un organismo defensor del medio ambiente y de los
animales que lo habitan para que prohíba la insana explotación simbólica de un
animal de nuestra fauna universal -el tigre-, para “destripar” al único
candidato no energúmeno entre los tres finalistas. Los propios partidos
políticos de Estados Unidos, el Demócrata y el Republicano, no poco
sangrientos, tienen como íconos de sus doctrinas a dos muy cordiales
ejemplares: el burro y el elefante. Aquí en Colombia, en cambio, la fiereza de
la campaña prefiere al depredador más temible: el tigre. Tendrían que excluir
los horarios “prime” para transmitir ese debate que pretenden y mandarlo por
allá a la madrugada. O al internet oscuro, donde pasan las filmaciones más
obscenas y sangrientas. Un hombre, De la Espriella, haciendo el papel de
bestia, añadido ese saludo militar que niega la civilidad, no favorece la
reputación de las Fuerzas Armadas. Debieran prohibírselo, aunque ahí tienen
como asesor al general Zapateiro.
En
cuanto a la candidata Valencia, fascinada con la frase “heredero de las FARC”
que le dedica a Cepeda, provocará una confusión histórica sobre los
desmovilizados de hace diez años y los vándalos que ahora mismo causan terror
con el nombre de “disidencias”. Por donde se les mire, ese trío -Cepeda,
Valencia y De la Espriella- no son, juntados a la fuerza en un set, un elenco
recomendable. No hay química ni casting posible entre un caballero y dos
tropeleros. Carece de dramaturgia un espacio con un héroe sin armas y dos
villanos alebrestados.
Quizá
funcione un reallity por aparte, lúdico y formativo en matemáticas, en el que
los televidentes hacen sumas y restas sobre cuántos votos del Centro
Democrático pierde Paloma Valencia cada que Juan Daniel Oviedo expresa sus
respetos a la JEP, o manifiesta su acuerdo con la adopción de parejas gay. Los del
centro izquierda se le están yendo para las toldas de Fajardo, o hasta del
mismo Cepeda, cada que Paloma ofrece llenar de tropas la carretera entre Cali y
Pasto, o dar subsidios a los ricos o negar los falsos positivos.
“Vine”.
Buena
idea también sería un concurso donde los espectadores descifren de dónde viene
De la Espriella cuando, por ejemplo, dice: “Vine a dejarlo todo en orden”, o
“vine a acabar con la corrupción en cuatro años”, o “vine a darle vivienda a
los que carecen de ella”. Sería necesario saber de dónde viene “a no cobrar
sueldo”, “a no salir a un solo viaje fuera del país”. ¿De Miami? ¿De Nápoles?
¿Viene solo de visita? ¿Desempeña el cargo y se va? Raro eso.


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