Texto de Lisandro Duque Naranjo
Si no fuera porque existió Álvaro
Pío Valencia, tío-abuelo de Paloma Valencia, uno podría especular sobre los
componentes perversos de su apellido, a manera de ADN irremediable. Pero Álvaro
Pío fue un hombre bueno, un académico científico, siempre en rebelión contra
los privilegios, hasta el punto de que su parte de la herencia en tierras que
le legó el poeta Guillermo Valencia la devolvió a los indígenas caucanos, por
ser sus dueños ancestrales. Con la Casa Valencia —palacio que aún se erige en
Popayán para lustre de la urbe— hizo otro tanto, rehusándose a recibir su parte
de la cuantía que el Estado le desembolsó a la familia para convertirla en un
museo.
Prefirió más bien transarse por
una pieza en el primer piso, cercana a la puerta principal, para vivir ahí con
su cama, una mesa de trabajo, una cocineta y un baño hasta que se muriera. Pasé
una temporada en Popayán y vi varias veces a las 7 a.m. la humanidad
octogenaria de Álvaro Pío saliendo por la augusta puerta para cruzar la calle
hasta la tienda del frente a comprar una bolsa de empanadas de pipián, y luego
encerrarse de nuevo en el silencio de su habitación. Ignoro si vivía
acompañado, pero los custodios del museo le ayudaban a sobrellevar su modestia.
Su imagen era muy parecida a una escena que Chaplin alcanzó a escribir, pero
nunca filmó: en un castillo, un anciano cuidador se levantaba empiyamado y con
gorro e iba hasta la rueda de madera del puente levadizo para bajarlo
rechinando y después cruzarlo para recoger una botella de leche.
A la biznieta sobrina nunca le
tocó ver eso, pero sí a su hermano Guillermo León, quien hasta a presidente
llegó, aprovechando el cargo para, en una borrachera memorable, ordenar al
ejército bombardear a Marquetalia para expulsar de allí a 50 familias de
colonos dedicadas a la agricultura, cuyo líder era Manuel Marulanda, un
guerrero mítico. Ese día nacieron las Farc, en el año 1964. Las mismas que, ya
crecidas, firmaron un pacto de paz en 2016, 52 años después, y que al
convocarse un plebiscito para decirle “Sí” o “No” al cese de hostilidades, el
padre espiritual de la Nietísima ordenó votar negativamente ganándose una
victoria pírrica, de la que ella es una criatura ahora: una señora hecha y
derecha. Una candidata.
Qué ironía: ese tío-abuelo
intelectual era amigo y tutor, junto con Édgar Negret, de Manuel Cepeda, un
mocetón que resultó con los años siendo comunista —asesinado en el 94—, y padre
del hoy candidato del Pacto Histórico, Iván Cepeda Castro. El mundo es un
pañuelo. Y la sobrina nieta no rebaja a éste de “criminal” por ganarle a su
padrastro ideológico un pleito que lo llevaría a la cárcel. Las “pruebas” que
la señora tiene son dos fotos casuales con firmantes de la paz —Iván Márquez y
Jesús Santrich— de cuando no los acechaba aún la extradición por
entrampamientos de un fiscal tránsfuga, que al acosarlos hizo que volvieran a
las armas. Al primero lo dejaron con un brazo inutilizado y ciego de un ojo, y
al segundo le dieron una muerte atroz. Habría sido preferible que la hija
espiritual del antioqueño hubiera adherido a su genealogía real, aunque su
bisabuelo poeta hubiera escupido, abofeteado y hecho encarcelar al indio
Quintín Lame. Viviría en la segunda planta de la Casa Valencia y les quedarían
al frente las empanadas de pipián. Pero siendo de esa familia —a excepción de
Álvaro Pío—, daba igual que se juntará con malas compañías.



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