Texto de Lisandro Duque Naranjo
Un éxito el streaming mundial de dos días para comenzar
año: el presidente Donald Trump “extrajo” de su país a Nicolás Maduro y a su
esposa, Cilia Flores, y se los llevó a Estados Unidos. Los trasteó por
distintas naves (aviones de varios tamaños, helicópteros, radio-patrullas,
etc.), y les hizo a ambos cambios de vestuario de presidio para cada set y en
distintas locaciones: Puerto Rico, Guantánamo, la Base Edwards de Nueva York,
hasta meterlos en una cárcel de cemento gris en esta última ciudad, y después
hacerlos comparecer, ya en exterior día, en un tribunal de arquitectura
prestante, escaleras anchas y curvadas, estilo art déco.
Para convertir en súper-producción esa obra, era
preciso cumplir con ciertos protocolos propios del gran estreno mundial: apagar
las luces completas de una ciudad enorme como Caracas, sin descuidar que, al
fondo de una noche lunar, rojiza, plagada de helicópteros y drones
intermitentes que fosforescían, irrumpieran relámpagos de armas silenciosas en
el horizonte. Aparte de estos exteriores, los sets fueron variados: una puerta
interior del Air Force One, donde decía vaguedades el productor ejecutivo, Donald
Trump, rodeado de periodistas y unos pocos senadores que asentían gozosos. Este
actor especial, después tuvo llamado en un set de su propiedad, de cuyos fondos
lujosos se apreciaba poco, para no abusar del presupuesto: un club de golf
llamado “Mar-a-Lago”.
Para el resto de escenas ya no hubo límite en dinero:
cámaras en los más disímiles emplazamientos, en grúas altas desde los techos
del aeropuerto neoyorquino, en pasillos interiores llenos de policías por donde
pasarían los extraídos: una mujer menuda y su marido derrotado, al que se le
permitían parlamentos cortos: “good night” y “happy new year”. A los dos reos
de la historia se los muestra subiéndose y bajándose de las camionetas con
dificultad, pues van esposados y él es muy alto y tiene un pie lastimado por el
trajín, lo que obliga a sus captores a empujarlo hacia adentro del carro,
otorgándole a su condición de gigante caído una solemnidad espectral al
pronunciar sus breves parlamentos.
Al final de esta maratón en directo, el rodaje había
dejado atrás en Caracas 32 cubanos muertos que formaban parte de la seguridad
de los extraídos. Testigos del mismo —Caracas tiene una noche muy concurrida—,
se cuentan varias docenas de soldados y caraqueños civiles cuyos cuerpos
quedaron destrozados entre los escombros. Por lo regular, en estos casos, la
producción no lleva cuentas de quienes no han sido contratados, y eso explica
que Trump haya dicho en la fiesta de fin de rodaje que “no había habido ni un
muerto”. Ni siquiera el mariner a cuyas exequias asistió al día siguiente,
escena que no quedó en la versión final de “La extracción”.
Ya recuperado del estrés, volvió a las andadas, se
comunicó con Gustavo Petro para invitarlo a la Casa Blanca, diciendo que “fue
un gran honor conversar con él”, y también a María Corina Machado, a quien
llamó para que le devolviera el Nobel.
Un descuido en la súper-producción: una de sus líneas
argumentales ofrece el tema del “Cartel de los soles”, que pudiera malograrse,
pues parece que no existe, siendo apenas un dicho popular. La gente ya le dice
“El cartel de los solos”.


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