Texto de Germán Peña Córdoba.
Reencauchar a Sergio Fajardo en momentos,
que la ultraderecha tiene por candidato al rábula, vocinglero y charlatán, no
es una mala idea. No votaría por Fajardo, pero indiscutiblemente es un tipo
coherente con sus ideas, que lo han llevado a candidatizarse por tercera vez.
Aunque no es de mis afectos políticos, Fajardo indudablemente (y hay que
reconocerlo así), es un candidato diferente al monotemático, cuentero y rábula
candidato de cuyo nombre no quiero acordarme. Sergio Fajardo es un intelectual
(como lo es Iván Cepeda) destacado, serio, honesto y ante todo un académico de
las ciencias exactas. Lo valoro en su verdadera dimensión.
Ha sido fiel y consecuente con los principios que rigen
su carrera política, le huye al ambiente polarizado, pero brinda propuestas
serias en lugar de atacar permanentemente a Petro como único recurso. Es
ecléctico y dubitativo, quizás por lo anterior es etiquetado tibio. En política
un personaje tibio es aquel que en su ambigüedad sigue fielmente al armadillo,
encima de la palma de coco: ni se sube, ni se baja, ni se queda allí tampoco.
"Ni fu, ni fa" diría mi abuela Petrona Oliveros cuando alguien tiene
dificultades para definirse. Su máxima tibieza se manifestó en momentos
decisivos de un histórico desenlace electoral donde se decidía el rumbo del
país.
Corría el año 2018, y Fajardo no pasó a segunda vuelta.
La elección se decidiría entre Gustavo Petro e Iván Duque. Gustavo Petro
llenaba todas las plazas, y su simpatía política era arrolladora. Aparte de un
supuesto fraude que en realidad pudo fraguarse, el apoyo que podía brindar el
candidato perdedor o sea Fajardo, era fundamental para definir el galimatías
electoral del momento ¡Fajardo se desentendió! No tuvo la grandeza que exigía
el momento histórico. Esa misma tibieza, lo condujo al mar Pacífico a avistar
ballenas y presenciar el nacimiento del pequeño gigante ballenato, mientras por
su culpa, la tesitura política se desarrollaba en contra de lo deseado, por las
fuerzas Progresistas que naufragaron en las aguas fétidas de un dudoso
resultado. Ante el lamentable hecho, y en ese momento histórico, las
incipientes redes sociales explotaron con la crítica a ese comportamiento de
tibieza pura, del candidato Fajardo.
¡Este
imperdonable episodio lo marcó!
Sus detractores y sus procesos jurídicos le adjudican
hechos donde la palabra gobernabilidad es alterada y se desplaza a la llamada
"Donbernabilidad", que viene de Don Berna, un capo de las estructuras
mafiosas Antioqueñas, hoy Don Berna, paga una larga condena en el país del
norte. Trata la "Donbernabilidad" de supuestos arreglos por debajo de
la mesa con la delincuencia organizada, con el fin de presentar una baja en la
tasa de homicidios en Medellín. Otros hablan de irregularidades en la construcción
del túnel del Toyo o de la represa de Hidro Ituango, siendo Fajardo alcalde y gobernador
de Antioquia.
Hablar de Iván Cepeda es hablar de una persona con una
trayectoria limpia y pura. Diáfano y trasparente como lo es, no se le ve mácula
ni tacha alguna en su trasegar político. Hablar mal de Cepeda es un
contrasentido, que raya con la absoluta desinformación de lo que ha sido su
pulcritud y su historia. Su padre Manuel Cepeda Vargas y su madre Yira Castro
(un barrio del Distrito del Agua blanca en Cali lleva el nombre en honor a
ella) fue asesinado por el paramilitarismo, siendo senador de Unión Patriótica,
en el pogromo contra la Up, Yira, luchadora incansable por las causas
populares, un prematuro cáncer acabo con su vida. Sus padres fueron dos
personas fieles a su ideología y vivieron apegados al servicio de las
comunidades más pobres.
Casi 20 años en el Senado le dan a Iván una experiencia
excepcional y una inconmensurable autoridad moral, para enfrentar cualquier
amenaza con el fin único de destruirlo. La extrema derecha en su desespero
apelará a su conocido libreto calumnioso, pero el tiempo irá decantado la
seriedad de su candidatura.
En este océano de indecencia en que navega la política colombiana,
Iván Cepeda y Sergio Fajardo, serán una bocanada de aire fresco; son dos políticos
colombianos decentes que se podrán ganar el favor del pueblo colombiano con su
voto. Será el 2026, un duelo de dos tirantes en una segunda vuelta, qué
adecentará la política colombiana. El orden natural de las cosas, nos indicará
lo más conveniente. El resultado será contrario a las candidaturas que gozan
con proponer trasnochados incendios, que hoy ya el pueblo colombiano no desea.
Germán Peña Córdoba
Arquitecto- UNIVALLE



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